Valientes (Arrugas)

8 Mar

Ogata Shingo -el ceño fruncido, los labios entreabiertos- tenía un aire pensativo. Quizá no para un extraño, que habría pensado que estaba más bien apenado. Pero su hijo Shuichi sabía lo que sucedía y, como veía así a su padre con frecuencia, ya no le daba importancia. Para él era evidente que no estaba pensando, sino que intentaba recordar algo.

Yasunari Kawabata – El rumor de la montaña

ARRUGAS

Dirigida por Ignacio Ferreras. Escrita por Ángel de la Cruz, Paco Roca, Ignacio Ferreras y Rosana Cecchini. Basada en el cómic de Paco Roca. 

Nota: 8.

Acabo de terminar un guión de largometraje, Calcomanía, que trata de un tipo incapaz de olvidar y de su padre, enfermo de Alzheimer y, por lo tanto, incapaz de recordar. Por ello busqué bastante información sobre esta enfermedad, carnívora y cruel, aterradora. Más que tesis o estudios científicos, lo que me interesaba era averiguar y comprender cómo se comportan los enfermos y cómo es su relación con el entorno. Lo que más me llamó la atención, más allá del drama atroz, del miedo, del vacío, fue la puntual aparición de la comicidad en medio del caos, como un payaso infiltrado en un entierro.

Muchos de los testimonios de familiares o allegados al enfermo daban cuenta de cómo, en medio de la desesperación y el drama más profundo, encontraban la risa en pequeños episodios absurdos ocasionados por la desinhibición y la pérdida de las pautas más simples. Por ejemplo, recuerdo unas palabras del actor Javier Gutiérrez; venía a decir algo así: Es horrible, mi madre perdió la cabeza de tal modo que, mientras daban un western en la tele, puso agua al lado del aparato para dar de beber a los caballos; no pudimos evitar reírnos. Ese nacimiento de la risa en medio del dolor me llamó mucho la atención. Algo de eso intenté reflejar en el guión (maravilloso, divertido, emocionante, BARATO: ¡productores interesados diríjanse a contacto!).

Y algo de eso hay también en Arrugas.

La película arranca con el ingreso en una residencia -que podría llamarse Vejez- de Emilio, un hombre mayor enfermo de Alzheimer, y, por tanto, su desembarco en un nuevo mundo con sus propios habitantes, reglas e infiernos. Pronto conocerá a Miguel, otro residente, que aprovecha el aún buen funcionamiento de su cabeza para engañar a otros enfermos, quien será su compañero en un viaje dibujado de manera hermosa, sencilla y sutilmente poética.

El guión sigue el proceso de la enfermedad con buen paso, desde la aceptación hasta el plan por evitar la aterradora última planta, en la que permanecen los enfermos más severos, apoyado en la relación de amistad entre Emilio y Miguel y su interacción con el resto de residentes. Así, asistimos a una película emotiva, honesta, divertida… En fin, todas las cualidades que supongan virtudes. Sólo hay algo que me llamó la atención y que no tengo claro si me gusta mucho.

El final de la película (que paso a destripar), más o menos y por lo que recuerdo, se divide en tres piezas más una:

1. Los dos protagonistas escapan con otra compañera del asilo en una aventura en coche que acaba con un accidente que no vemos (ni, por tanto, sus consecuencias inmediatas).

2. En una hábil y bonita secuencia de escenas contemplamos a Miguel solo, ya sin Emilio -haciéndonos pensar que ha muerto-, reparando el daño cometido, los pequeños hurtos y engaños, su proceso de redención.

3. Descubrimos realmente las consecuencias del accidente: el golpe hizo agravar la enfermedad de Emilio, en un postrero puntapié hacia el olvido, la pérdida de facultades, la última planta. En un gran acto de amor, Miguel sube con él y se dedica a cuidarle.

Final de la historia y dedicatoria a los ancianos.

4. Un pequeño epílogo aislado de carácter metafórico sobre el sentido de la película representado por un enfermo que casi pierde a su perro compañero en un despiste fatal.

Y yo, que había asistido entusiasmado a todo el metraje, incluida toda esta parte final, me quedo con cierta sensación de vacío. ¿Por qué?

Aunque todo está hecho de manera hábil y estimulante (la secuencia de escenas es inteligente y eficaz), jugando, como casi siempre, con la información ocultada para propiciar el clímax, me parece que el final tiene más que ver con Miguel que con Emilio, el verdadero protagonista y víctima de un drama del que no vemos la última parte. Quizás sea así porque con el Alzheimer la última etapa del viaje no existe para ti ya que tú no eres consciente de ella pero, sea como sea, a mí me dejó una ligera sensación de no acabado y no me resultó todo lo dramática ni emocionante que debiera. La metáfora final tampoco me entusiasmó, la verdad.

Esta ligera confusión final no desmerece una película hermosa, inteligente, sincera, que va más allá de la enfermedad para hablar de la vejez, la última etapa en la que más que nunca se requiere valor, dignidad, voluntad para la alegría y aguante en medio de un mundo injusto, desolado.

El mejor rato: Las divertidísimas sesiones de gimnasia con la voluptuosa profesora. El trazo, la esencia, la honestidad.

El peor rato: Una cierta sensación de no haber rematado del todo bien la cinta.

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3 comentarios to “Valientes (Arrugas)”

  1. Los mejores ratos marzo 9, 2012 a 17:43 #

    “En algún momento, hacia la mitad del guión -si no antes- el personaje tiene que comenzar a ser protagonista de la historia más que víctima.” Eso es una putada cuando tu personaje tiene Alzheimer.

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