Archivo | abril, 2012

La suerte de Ana

27 Abr

Al final te das cuenta de que los días laborables llevaban razón.

Jaime Gil de Biedma.

Ana se quitó el piercing de la ceja. Colgó dos pequeños pendientes en sus orejas. Se lavó los dientes con fuerza. Logró abortar la primera arcada de la mañana. Entró en el cuarto de baño de su madre y usó sus pinturas. Se subió todo lo que pudo el sostén de sus redondos y pequeños pechos. Se puso la ropa, elegante, incómoda, austera de su hermana. Se aseguró de que la manga de la camisa tapara el tatuaje de su muñeca. Suspiró. Se miró al espejo. No supo qué pensar. Se le cerró el estómago al tercer sorbo de café. No lo desaproveches, tal y como está la cosa, qué gran oportunidad; tú vales mucho, piensa antes de hablar; acepta lo que te digan, ocho horas no son nada, ¿te has tapado el tatuaje?, da lo mismo no cobrar. Tiró lo que quedaba de café por el desagüe. Se volvió a lavar los dientes. Se enjuagó tres veces con Listerine y se prometió no fumar hasta salir de la entrevista, por no ensuciar el aliento. Entró en el metro. Sacó un libro para no leer. Pensó, se puso más nerviosa. Miró el WhatsApp. Ánimo, tranquila, un besito y mucha suerte. Llegó a la puerta del inmenso edificio. Observó a la gente que fumaba en la entrada, trajes y corbatas, mujeres con americana; las paredes grises, el olor a día laboral. Se le puso la piel de gallina. Odió todo aquello. Fumó un cigarro. Pensó en correr. Ojalá no me cojan; jamás me voy a acostumbrar. Contestó, probó, justificó, habló inglés, francés, italiano, chino y un poco de alemán; no se quejó, asintió, pensó antes de hablar. Enhorabuena, empiezas el lunes. Muchísimas gracias, de veras, no le voy a defraudar.

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Pesadilla en el parque de atracciones (Los juegos del hambre)

24 Abr

Prefiero ser flaco que famoso.

Jack Keoruac.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Dirigida por Gary Ross. Escrita por Gary Ross, Suzanne Collins, Billy Ray; basada en una novela de Suzanne Collins.

Nota: 6,5.

Un poderoso gobierno central, en un tiempo futuro indeterminado, obliga a cada uno de los doce distritos pobres que domina a enviar un chico y una chica, entre los 12 y los 18 años, a una especie de olimpiada a vida o muerte llamada Los juegos del hambre, televisada cada año y seguida con devoción por todos los habitantes del Estado; es decir, una isla de Supervivientes donde sólo hay dos caminos posibles: morir o matar. Evidentemente, nuestra protagonista, Jennifer Lawrence, tiene muchas papeletas para salir elegida en la mortal feria y convertirse en la heroína del reality.

El argumento recuerda a esa película japonesa (de culto para algunos; yo la vi hace muchos años y me pareció una solemne estupidez) llamada Battle Royale. No sé, da igual. El caso es que Los juegos del hambre es una película atractiva pero carente de vuelo. Mientras la ves, entretenido, no puedes dejar de pensar qué película más fiera, compleja, interesante hay allí dentro, si el niño hubiera nacido con vocación de altura, si hubiera preferido, como Keoruac, ser flaco, tener estilo, a ser famoso. Estéticamente, sin embargo, es demasiado hortera; una fiesta de disfraces con invitados escasos en gusto e inteligencia. Sigue leyendo

RAÚL GONZÁLEZ BLANCO: EL JUGADOR INTELIGENTE

20 Abr

Hoy he visto un rey mordiendo la arena, le llevaron preso en una limousine: restos de stock, polvo de estrellas…

Quique González.

Cuando la gente escucha las canciones de Quique González recuerda, supongo, a la chica de aquel verano, a la rubia del otro lado de la barra o aquellas vacaciones en el Cabo de Gata; a los amigos de la infancia, dando patadas a un bote en Gran Vía a las seis de la mañana, volviendo de día a casa. Yo al escuchar esta canción de Quique siempre pienso en Raúl. Así me sentí cuando vi el conato de homenaje que le dieron en el Bernabéu al irse, un día sólido de julio, ante un par de cientos de turistas madridistas que andaban haciendo el tour del estadio, y que le hacían fotos a Raúl como quien le hace fotos a un elefante, encerrado en una jaula gigante, en su último día en el zoo. Restos de stock, polvo de estrellas. Me acordé de esa historia que contaba Billy Wilder. Una tarde, paseando con Audrey Hepburn, se le acercó un chaval y le pidió tres autógrafos. Wilder preguntó que por qué tres. El chico le explicó que por tres autógrafos suyos le daban uno de Spielberg. No hay tiempo para las leyendas en Hollywood y menos en el Real Madrid. No hay tiempo para nada. Ni siquiera para él. El mejor de todos. Raúl González Blanco. Sigue leyendo

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