L’apollonide – A la sordidez por la belleza

17 Sep

Escrita y dirigida por Bertrand Bonello.

Lamentablemente, ésta es una película que, creo, asegúrense, quien no la haya visto en pantalla grande ya no lo podrá hacer. Estrenada en los cines Verdi de Madrid y Barcelona, la obra del francés Bonello se ha caído tras unas semanas en cartel. Sí, ha coincidido con la subida del IVA, pero yo la vi un lunes, día del espectador, por seis euros, IVA incluido. No parece un precio exagerado. Sirva este texto para dar cuenta de una película estimulante y estilísticamente portentosa, una sesión de hipnosis que nos lleva de la belleza a la sordidez o, lo que es lo mismo, de la literatura a la vida.

L’apollonide (Souvenirs de la maison close) -imaginaos mi sufrimiento ante la taquillera- nos cuenta la vida de un grupo de prostitutas en un burdel a principios del siglo XIX, envueltas en lujo y sofisticación, un perfume que no logra ocultar sus verdaderas penurias y anhelos; enfrentadas constantemente, mientras los burgueses clientes hablan de pintura o de vanguardias, a la enfermedad, la podredumbre y la tristeza. La película comienza amable y cautivadora, pero, poco a poco, se deshace el oropel y nos deja ver el desamparo de las muchachas, su cautiverio e indefensión ante la brutalidad de los desalmados o la obscena curiosidad de los excéntricos.

La narración podría haber comenzado con la llegada de una nueva hetaira al lupanar, estructura típica de toda historia que se va a desarrollar en un lugar muy concreto; sin embargo, esta llegada se produce al inicio del segundo acto. Este detalle nos sirve para entender que L’apollonide no es un viaje sino una espiral. Despojada de un relato férreo al que agarrarse, las vidas de las putas fluyen, deslizándose de un lado a otro de la pantalla. Es hermoso observar la camaradería con la que se comportan, como todo grupo humano que convive día y noche aguardando el infortunio, igual que un pelotón de soldados descansa en la tediosa noche previa a la batalla. En este caso, sirve como aliciente que sean mujeres, en menor medida retratadas. Somos testigos de sus relaciones de afecto, sus pequeñas rutinas, el cuidado de su higiene, las visitas del médico, los cotilleos sobre clientes, la ternura compartida, el fatalismo de su oficio.

Aunque de carácter coral (sensacional reparto), la película se sirve de una prostituta, que pasa de soñar con enamorar a su cliente más asiduo a ser brutalmente desfigurada, como hoja de ruta, como claro ejemplo de que la vida allí dentro no tenía tanto de poesía como parecía en un principio. Las imágenes, en un primer momento inocuas, nos obligan finalmente a apartar la mirada, como hacemos siempre que pasamos por la calle Montera. En la salida mensual que les es permitida, las muchachas acuden al río y allí las vemos por enésima y primera vez desnudas: niñas respirando la escasa libertad que les es concedida. El resto del tiempo se contentan con escuchar música (preciosa banda sonora) para liberarse de sus cada vez más pesadas rémoras.

En su último tercio, con todo contado, se hace algo reiterativa, más pendiente ya de la forma que del fondo. Así, remolonea un poco, hasta llegar a un final estupendo, que eleva la película un palmo del tiempo. Un homenaje a todas las mujeres que, como la protagonista de Un tranvía llamado deseo, dependen de la amabilidad de los extraños.

(Este artículo también se puede leer en la revista cultural MINImagazine.)

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