Skyfall (Licencia para resucitar)

6 Nov

Dirigida por Sam Mendes. Escrita por John Logan, Neal Purvis, Robert Wade (Personaje: Ian Fleming)

Ya he contado más veces aquella conversación, hace un par de años, en la que un compañero (con un gran parecido a Dostoievski) me dijo que “Casino Royale” sólo podía gustarle a alguien que hubiera tenido un proceso de madurez insano. Supongo que “Skyfall” ratifica su certeza. El James Bond de San Mendes me parece un espectáculo inteligente y elegante, cine de acción serio y de calidad, pensado al detalle, realizado con maestría y tejido con el material de los sueños. Una película fantástica, reflejo de un tiempo, que nos arrastra. Las emociones vuelan, se esuchan los alapusos, el espectador vuelve a casa creyéndose un agente secreto, aunque más gastado, más viejo, recordando eso que decía Carlito Brigante en la película de De Palma: “la gente no madura, sólo pierde impulso”.

En esta nueva entrega (escrita por John Logan, Neal Purvis y Robert Wade) el agente 007,  más cascado que nunca, tendrá que enfrentarse a un peligro desconocido: el brutal ataque de un villano cibernético y magnífico que pondrá en jaque al centro de inteligencia británico y, sobre todo, a una M cada vez más acosada por sus pecados.

Sam Mendes (que va sumando buenas películas: “Revolutionary Road”, “Jarhead”, “Camino a la perdición”, “American Beauty”) penetra como nunca en la psicología de Bond (sin pasarse, claro, esto es lo que es) hasta darle al personaje su propio Rosebud. El ciudadano Bond no mea colonia sino que tiene un deje mourinhista; se pasea por la película con barba cana, alcohólico y adicto a otras sustancias, perdedor incluso, vencido por un mundo que, como a todos, se le escapa de las manos. Esa mezcla perfecta de refinamiento  y oscuridad, de arreglarse los puños de la camisa en medio de la desesperación, es lo que le da a la película su personalidad y nuestro encanto. Un espía que, como aquel disco de Carlos Ann,  se mueve entre el lujo y otras miserias.

La dicotomía capital en la película es la constante lucha entre la modernización y el clasicismo. Un debate que vive en sus carnes la propia saga de 007; huyendo de lo trasnochado sin llegar a lo banal, con un ojo puesto en Bourne y otro en Sean Connery, pasando por Nolan.

En un momento de la película James Bond dice que su hobby es resucitar, y es que ya le hemos visto varias veces volver de entre los muertos (antológica escena de “Casino Royale”). Pues bien, eso mismo ha hecho Daniel Craig con el personaje, especialmente en esta nueva entrega, tras el infarto de decepción que supuso “Quantum of Solace”. Su jeta y su mirada magnéticas han conseguido hacer un 007  sólido, complejo y emocionante. Pero no sólo de Bond vive “Skyfall”. Uno de los grandes aciertos es Javier Bardem. Cuando aparece se come la pantalla y se hace con la función sin piedad. Su villano inquietante y afeminado se convierte en una presencia poderosa y perdurable. Quizás, a alguien le pueda parecer demasiado afectado, pero a mí me atrapa todo el rato. La otra punta del triángulo es M, esta vez con una importancia capital. Interpretada por la genial Judi Dench, su personaje, complejamente contemporáneo, será crucial en el devenir de la película. En cambio, pierde importancia la chica Bond, aquí bastante desaprovechada. Quizás, uno de los pocos reproches que se le puede hacer a “Skyfall” es el abandono de este personaje (y la superficialidad de la relación con la otra chica de la película, compañera de misión) hasta dejarlo descolgado.

En fin, “Skyfall” es una demostración más de la brutal capacidad, profesionalidad y talento del Imperio para contar historias. Todos los equipos (majestuoso arte de Dennis Gassner, fotografía del gran Roger Deakins, música de Thomas Newman…), bajo la tutela de Mendes, nos regalan esta sobresaliente película de acción. Como dice la exquisita canción de Adele (en la magnífica secuencia de créditos): “Este es el fin, contén la respiración y cuenta diez; siente la tierra moverse y luego escucha mi corazón estallar de nuevo.”

El cine es eso que los niños soñamos mientras los demás hacen sus cosas. Diga lo que diga el aprendiz de Dostoievski.

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