Todo es silencio: El mapa y el territorio

12 Nov

Dirigida por José Luis Cuerda. Escrita por Manuel Rivas (basada en una novela del mismo autor)

La nueva película de José Luis cuerda es un bonito western a la galega, una mezcla de drama romántico, realismo poético y narco thriller; aunque la ausencia de una trama clara, que nos guíe y sirva para identificarnos con los protagonistas, impide que acabe por cuajar en una película mayor.

“Todo es silencio” transcurre en Noitía, un pequeño pueblo de la costa gallega, y nos cuenta las relaciones de un triángulo amoroso (Quim Gutiérrez, Miguél Ángel Silvestre y Celia Freijeiro), desde su niñez en la parte inicial hasta su desarrollo veinte años después, envueltos en una trama de contrabando de drogas controlada por el cacique local (Juan Diego).

La primera parte, la infancia de los protagonistas, nos presenta en un tono hermoso a los personajes que conforman este pueblo del salvaje norte, con una mezcla de ligereza y profundidad propia de los grandes directores y con el sello personal de Cuerda, ése que funde realidad y poesía en una misma cosa. Pero, aun siendo de lo mejor de la película, no deja de ser una situación, un érase una vez. La función comienza antes que el relato; llegamos a la estación con el tren aún sin movimiento. En este inicio destaca Luis Zahera, inmenso en su papel como padre del protagonista. Tras el salto temporal, la película se desarrolla con demasiados cabos sueltos, llena de altibajos, con cosas interesantes aquí y allá que no acaban de conectar. Es como uno de esos pasatiempos infantiles, en el que has de unir diferentes puntos, no del todo resuelto. Hay funerales con mariachis, impresionantes suicidios, acción policiaca; pero no vemos una línea clara, que nos lleve y nos traiga, de la identificación a la emoción, y conjunte los distintos elementos.

El protagonismo de Quim Gutiérrez (un actor que me gusta especialmente, aquí algo aplastado por su caracterización hasta parecer un primo lejano de Norman Bates) se va difuminando y no termina de ensamblar un protagonista con empaque. Al igual que el resto de la película, su personaje está lleno de cosas interesantes que no se acaban de rematar. Por ejemplo, ¿de qué nos sirve que tenga ausencias (mareos repentinos)? Ni mide su evolución ni afecta al relato. El resto de actores está bien (atención al aspecto hitchcockiano del propio Cuerda y a los buenos momentos de Chete Lara), destacando, como siempre, Juan Diego. Su personaje de cacique recuerda a nuestros cada vez más queridos dirigentes; esos que confirman día a día algo que escribía la semana pasada, hablando de Maquiavelo, Raúl del Pozo: un asesinato o un desahucio son malos desde el punto de vista moral, pero desde el punto político sólo son eficaces o ineficaces.

José Luis Cuerda es un tótem de nuestro cine al que, además, siempre es interesante escuchar;  sus entrevistas y coloquios (aunque a menudo no esté de acuerdo con sus posicionamientos) son invariablemente enriquecedores. En esta película, él y Manuel Rivas (autor del guión y de la novela homónima) dibujan un territorio con muchos y atractivos puntos de interés, que merece ser visitado; aunque no consigan entregarnos un mapa del todo preciso, que nos ayude a recorrerlo.

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